Juan J. López

 

A Luis era muy difícil decirle que no. Libretilla en mano, aparecía por la puerta con una lista de recados -con una caligrafía perfecta, casi acompasada-, en la que su última tarea era el café con sus “trabajadores”. “Todo el día trabajando… ¿Un tiempo para el café tendréis?”, espetaba como saludo.

Era uno de los mejores momentos del día. Del suyo, pero también del nuestro. ¡Cómo lo echamos de menos! Ese descanso aderezado con mil y una anécdotas de viajes en bicicleta de Cigüeñuela a Burgos y viceversa -no, no te voy a comprar la Peugeot esa aunque sea una reliquia-, nos servía casi siempre como hoja de ruta, como escuela de valores de otro tiempo.

Nos hablabas del “deficiente”, del “discapacitado”… De cómo, sin ser conscientes del todo, estábamos acelerando en esa “integración” -ahora omnipresente “inclusión”- de las personas a las que representábamos detrás del ordenador, del chándal, de los números o de las palabras (cada uno con lo suyo). Sabías lo que decías, pese a que los términos no fuesen lo tuyo. En esa libretilla, de renglones rectos, a imagen y semejanza de tu carácter -afable, pero firme-, aún recuerdo el subrayado fosforito con esas frases que tenías que decir “sí o sí Luis”, junto a a tu admirado Juan Carlos ‘El galgo’, en aquella rueda de prensa a la que había que llevarte a rastras.

“Tómate otro café Luis, que invita Chisco, que él es el que tiene los billetes”. Y enseguida nos contabas cómo había sido vivir con tu hijo por el que entraste en Asprona, y cómo aprendiste a reivindicar una vida mejor para él y para todos las personas con discapacidad.

Luchador por naturaleza, defendías una vida mejor para todos nosotros, siempre pendiente del bienestar de cada uno, “de tu chica, de tu trabajo, de tus padres, de tus hijos…”. A veces llegaba a pensar si en esa libretilla tuya estaría una breve descripción de cada uno. Con setenta y muchos, que luego ya fueron ochenta y… Eras capaz de recordar más que ninguno, y de montar en bici, ir al gimnasio “y hacer las cosas de la casa”, porque tu “santa” tenía “muchos problemas”.

Que sí, que pese a que no lo sabías -o quizá sí-, nos educabas con cada azucarillo que vertías en la leche aderezado con otra historia. Muchas estaban relacionadas con tus comienzos en FASA Renault o con tus ideales como sindicalista en la UGT. A los más jóvenes nos pedías paciencia. “Todo llegará”; y a los “no tan mayores, ya llegaréis a mi edad”, les comentabas mientras aplacabas con un golpecito los roces del día a día.

Icono para los deportistas, alguno recuerda con la mejilla aún caliente tus ‘tortitas cariñosas’ en el podio de no se aquella ciudad o pueblo en el que el deporte para “el minusválido” -deporte adaptado, Luis- evolucionaba bajo tu presidencia. “Un año más, presi, que te necesitamos”. ¡Cómo te gustaba el campeonato de bowling! Una bola, y eras uno más… Pero contigo llegó la boccia, la modernización de la Liga de fútbol sala y baloncesto, la tecnificación de las selecciones autonómicas, los campeonatos de España… FEDEACYL

“Un año más Luis”. Y presi… apurabas el café, te ajustabas las gafas y, a regañadientes, cumplías otro mandato. ¡Ay cuánto tendrían que aprender otros! Siempre a tiempo -miento, siempre antes de tiempo-, una cualidad -para mí defecto- con la que el poso de la taza siempre quedaba caliente, cuando te marchabas raudo en busca de otro menester, incapaz de estarte quieto.

—Jose, ponme otro café, ¡que el de Luis siempre se nos queda corto!

 

 

«Solo he cumplido con mi deber y mi trabajo. Llevo muy dentro las personas discapacitadas»
Luis López Llorente, en su despedida de Fedeacyl (2016)

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